El concierto de año nuevo, a medio aforo por el virus y sin músicos antivacunas

Los músicos de la Filarmónica de Viena que se han resistido a la vacunación no participarán en el concierto del 1 de enero, que dirigirá Daniel Barenboim y al que sólo asistirán 1.000 personas.

En plena polémica sobre la obligatoriedad de la vacunación en Austria, los músicos de la Filarmónica de Viena han decidido curarse en salud y han anunciado una reducción del aforo a la mitad (1.000 personas) para el Concierto de Año Nuevo que se celebrará, como marca la tradición, el 1 de enero en el Musikverein.

Aunque la última actualización de la normativa 2G+ del Gobierno austriaco para frenar la expansión de ómicron permite una capacidad máxima de 2.000 personas en teatros y salas de concierto desde el pasado 27 de diciembre (y nunca después de las 22.00 horas), la prestigiosa institución musical se ha abonado a la prudencia a fin de garantizar la presencia de público incluso si las cifras de contagio empeoran a lo largo de la semana.

«Hasta el último momento estuvimos contemplando un aforo de unas 1.800 localidades, todas en butacas nominales que permitieran una trazabilidad en caso de que se produjera un foco de infección», cuenta por teléfono Daniel Froschauer, presidente y concertino de la formación. «Pero hemos descartado esa posibilidad con el único objetivo de poder adaptarnos a tiempo a un posible repunte de la curva epidémica, que desde hace unos días describe una evolución descendente». Y añade: «Aunque somos conscientes de que estas nuevas medidas suponen un desafío logístico excepcional y requieren de un alto grado de comprensión y voluntad de adaptación, estamos muy contentos de poder volver a tocar en presencia de público».

El año pasado, Riccardo Muti dirigió el único Concierto de Año Nuevo de la historia celebrado a puerta cerrada y con aplausos retransmitidos por streaming desde cientos de hogares de todo el mundo. Esta vez será Daniel Barenboim quien se encargue de hacer lo honores en la 82ª edición del concierto de música clásica con mayor difusión mediática del planeta: más de 50 millones de espectadores de casi un centenar de países. «Cuando se hizo público mi nombre para dirigir el concierto de este año, fantaseé con la posibilidad de que para entonces la pandemia fuera ya cosa del pasado», se sincera el maestro argentino a la salida de uno de los ensayos. «Nunca me he tenido por profeta, pero me habría gustado acertar…».

A sus 79 años, Barenboim no sólo es uno de los directores que con más asiduidad ha dirigido a las huestes de la Filarmónica de Viena (incluidos dos Conciertos de Año Nuevo en 2009 y 2014), sino también un especialista en aliviar tensiones diplomáticas a golpe de batuta. Desde que se le encomendara la occidentalización de la Staatskapelle de Berlín, el maestro ha paseado a Wagner por Israel, invocado los Derechos Humanos a instancias del Knesset y fundado, junto al intelectual Edward Said, una orquesta híbrida de músicos palestinos, israelíes y españoles «que se llama Diván no por Freud -aclara- sino por la bellísima colección de poemas de Goethe, uno de los primeros intelectuales europeos que se interesaron por el mundo árabe».

Barenboim ha pasado los veranos del confinamiento en su casa malagueña de San Pedro de Alcántara, pero no ha dejado de trabajar. En este tiempo se ha dedicado a leer partituras, ha grabado su quinta integral de sonatas para piano de Beethoven, organizó un festival digital de música e incluso ha dirigido conciertos en directo en streaming. «A veces me crezco ante las adversidades», comenta al otro lado del teléfono. «Pero por lo general me limito a hacer lo que buenamente puedo». Tampoco se esfuerza en disimular el poso de tristeza que le han dejado estos meses de incertidumbre. «Cuando comenzó la pandemia traté de mantenerme activo, pero ahora noto cierto cansancio… Claro que la música puede con esto y más».

Aunque el primer antecedente del Concierto de Año Nuevo se remonta a 1939, la tradición se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial con un mensaje de optimismo que, desde entonces y al ritmo festivo de la Marcha Radetzky, anuncia el comienzo de un nuevo periodo cargado de esperanza.

«Todo es igual y al mismo tiempo distinto», reflexiona Froschauer. «Para poder mejorar como individuos y emprender los retos que como sociedad nos marcamos necesitamos sentir que el suelo que pisamos es firme y sólido». Tradición, costumbre, superstición o saludable propósito de enmienda tras la resaca de Nochevieja, cada cual dirige y digiere los valses y polcas de la familia Strauss a su manera. «Incluso quienes no madrugan para escucharnos sienten un lejano rumor, como si el mundo siguiera girando con su habitual normalidad».

Todos los asistentes al Concierto de Año Nuevo deberán cumplir con la etiqueta sanitaria y exhibir a la entrada del Musikverein el pasaporte Covid que acredite la pauta completa de vacunación (o, en su defecto, un certificado médico de recuperación), una prueba de PCR negativa realizada en las últimas 24 horas y deberán hacer uso en todo momento de mascarillas FFP2. Un dress code especialmente controvertido si tenemos en cuenta que el movimiento antivacunas y negacionista ha montado en Viena su particular bastión de resistencia. Incluso entre los miembros de la Filarmónica de Viena, para muchos la mejor fábrica de sonidos del mundo, hay músicos que se han resistido a la vacunación y que, por lo tanto, no podrán tocar en el concierto ni participar en las giras previstas para principios del año próximo.

«Nuestra orquesta es un fiel reflejo de la sociedad», sostiene el violinista. «Como no podría ser de otra manera, respetamos todas las opciones personales y consensuamos todo democráticamente, pero como institución debemos atenernos al reglamento de las autoridades en materia de seguridad sanitaria».

En condiciones normales, la Sala Dorada del Musikverein habría alojado a unas 2.000 personas. Las nuevas medidas adoptadas por la Filarmónica de Viena (que elimina las butacas de los balcones y la galería) dejarán fuera a un millar de asistentes, la mayoría de los cuales habían conseguido una entrada (cuyo precio oscila entre los 35 y los 1.200 euros) por sorteo. «Para evitar la acumulación de solicitudes, este año no se sortearán más entradas. Quienes se hayan quedado fuera en las dos últimas ediciones, tendrán derecho a asistir al Concierto de Año Nuevo de 2023 y 2024».

Por quinto año consecutivo, el periodista Martín Llade se encargará de comentar la retransmisión del concierto en La 1. «Esta vez toca tener un plan b a mano por lo que pudiera pasar», asevera. «La situación puede cambiar en cuestión de horas y un directo de esta magnitud no se puede improvisar».

Del programa de este año destaca, por deformación profesional, las alusiones a la libertad de prensa y el buen periodismo contenidas en el galope Kleiner Anzeiger de Joseph Hellmesberger, el vals Morgenblatter de Johann Strauss hijo y la polca rápida Kleine Chronik de Eduard Strauss. «Nunca antes en la historia el exceso de información había rebasado tanto nuestra capacidad de asimilación. Tenemos acceso a todo y casi ninguna certeza. Ese baño de humildad me parece muy bien traído por parte de la orquesta». El concierto arrancará, con su habitual puntualidad (11.15 horas), con la Phonix-Marsch (Marcha Fénix) de Josef Strauss, que sonará por primera vez en los fastos de año nuevo, y seguirá con Phonix-Schwingen (Alas de Fénix) de Johann Strauss hijo. El título de las obras no lleva a equívoco: acostumbrada a resurgir de entre sus cenizas, la vieja ciudad imperial quiere volver a extender sus alas y revolotear libre entre los pentagramas de una música radiante y decididamente entusiasta. «No soy quién para decir qué es lo que la gente debe sentir al escuchar estas obras, sobre todo después de todo lo que hemos sufrido», concede Barenboim. «Sólo espero que este concierto pueda marcar de verdad».

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