Mauricio Báez: la causa 1225­–1950 sin resolver

Mauricio Báez: la causa 1225­–1950 sin resolver

El domingo 8 de diciembre de 1950 muchas ideas habrían pasado por la mente del líder sindical dominicano Mauricio Báez, exiliado en Cuba, minutos antes de que hiciera acto de presencia en su pequeña pensión de la calle Cervantes número 8 del habanero Reparto Sevillano, una inesperada comitiva.


Eran las siete de la noche cuando frente al edificio de apartamentos llegaron tres desconocidos en un vehículo oscuro procurando entre los vecinos del condominio al líder sindical antitrujillista.

Cuatro años habían pasado desde que Mauricio Báez llegó a La Habana procedente de su natal República Dominicana. Su ingreso a Cuba se registra el 26 de febrero de 1946 por el aeropuerto de Camagüey, un viaje fuera de su natal Sabana Grande de Palenque,  San Cristóbal; una ausencia que para los exiliados políticos, la incertidumbre la constituía los tentáculos criminales de la dictadura, que no reparaba en distancia.

Ese viaje se produjo un mes después de liderar, el 7 de enero de 1946, junto a Hernando Hernández, un paro laboral en los ingenios azucareros de San Pedro de Macorís y La Romana. Apresado tras el movimiento obrero y luego liberado, Báez pidió asilo en la embajada de México.

Aquel combativo líder sindical, de extracción humilde y con arraigadas convicciones de luchador por la libertad y la justicia, no iba a se la excepción en aquella orgía de secuestros, torturas, desapariciones y muertes patrocinada por el régimen.

Teniendo amigos como el doctor Enrique Cotubanamá Henríquez, de origen dominicano pero nacionalizado cubano, Angel Miolán, Juan Bosch y del general Miguel Angel Ramírez, la estadía en Cuba presagiaba seguridad para la vida de este hombre porque la isla se convirtió en receptáculo de los exiliados políticos más prominentes. 

El dictador usó la patria de Martí también como campo de batalla, en complicidad con los gobiernos de turno para que tropas de choque compuestas por lacras y sicarios golpearan, secuestraran y asesinaran a los adversarios más conspicuos del tirano.

Dos de los tres individuos que acudieron hasta la residencia de Mauricio Báez ese diciembre azaroso descendieron del vehículo.

Un tercero se quedó al volante. Báez, un mulato de una gallardía sin par, acudió al encuentro con aquellos desconocidos que le procuraban. Enseguida, le explicaron que su amigo el doctor Enrique Cotubanamá Henríquez quería verle, de acuerdo a  los testimonios y documentos judiciales emanados de la investigación sobre su desaparición, que fueron publicados por el historiador cubano Eliades Acosta Matos en un libro impreso en  2009, patrocinado por el Archivo General de la Nación.

De los documentos de los archivos judiciales cubanos relativos a la fallida investigación, se desprende que a las ocho de esa noche de la infortunada visita, Mauricio Báez no fue al programa de radio “La Voz de la Revolución Agraria”, que producía su fraterno Cotubanamá Henríquez a la referida hora.  Ese medio de comunicación servía de tribuna para denunciar el régimen, como lo hizo por última vez Mauricio Báez el 30 de noviembre de 1950.

“En estos días han regresado de Santo Domingo algunos exiliados que se hacían pasar como exiliados políticos en Cuba. Estos sujetos han hecho declaraciones en la prensa trujillista contra el doctor Enrique C. (Cotubanamá) Henríquez, el general Miguel Angel Ramírez, Juan Bosch, y  otros líderes de la oposición en el exilio; han dicho, entre otras cosas, que los querían asesinar”, denunció el más influyente líder sindical dominicano por la emisora cubana.

Báez no era improvisado construyendo narrativa para tener una comunicación efectiva con los trabajadores y los sectores oprimidos dominicanos: periodista de empírico, Báez publicaba en los rotativos  Combate y El Federado.

En esta última comparecencia denunció que quienes se hacían pasar por exiliados estaban al servicio de Trujillo, pero que una vez descubierto no podían seguir viviendo en La Habana, por lo que optaron con refugiarse en la legación diplomática del régimen. 

 “Es posible–refirió Báez–        que otros iguales a ellos regresen a Santo Domingo en las mismas condiciones, es lógico que así sea”.

Su parecer respecto a la depuración de los exiliados políticos coincidía con el criterio de Bosch y su amigo Enrique Cotubanamá Henríquez, su protector, pues cuando aquello ocurrió dijo:

“Por eso, acudieron a la legación trujillista en La Habana, sin embargo, nadie reparó en darles muerte….La conducta que observaron aquí en La Habana, los sujetos que acaban de regresar, fue deshonrosa y de una bajeza incalificable, representaron aparte de su condición de espías, el peor desprestigio de la condición humana”.

Una frase que alcanzaría a cumplirse dirigió al pueblo dominicano: …”Esta gente se han hecho digna del desprecio nacional, así deben ser tratados. El día ha de llegar en el que les pidamos cuentas”. No la pidió él pero otros lo haría en su nombre. 

A partir de la primera denuncia hecha por Cotubanamá Henríquez acerca de la desaparición de Mauricio Báez, la policía cubana inició las indagaciones.

Utilizando una cortina de humo lanzada por el régimen, aquellos que se camuflaban como exiliados fueron interrogados por la policía cubana como sospechosos de secuestrar y desaparecer al líder obrero.

El testimonio dado por Emilio Grillo Ávila (Pistolita) en una conversación entre sicarios no sirvió, sin embargo, para que la Sala Quinta de lo Criminal de la Audiencia de La Habana pudiera establecer la verdad: que Mauricio Báez fue secuestrado por el grupo de sicarios denunciado, pero la falta de voluntad política de los gobiernos de Prío Socarrás del Partido del Pueblo Cubano (Auténtico) y Ramón Grau San Martín.

La confidencia de Ávila (Pistolita) establecía que después de secuestrarlo, Mauricio Báez fue llevado a una finca en las afueras de La Habana, donde se le propinó un golpe contundente en la cabeza y luego se le ahorcó, y su cuerpo lanzado al mar.

La impunidad de los crímenes se eternizan cuando desde el poder político falla la voluntad para hacer que impere la justicia.

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