Fumar tabaco es un hábito extendido que, pese a su arraigo social y cultural, representa uno de los mayores riesgos para la salud pública. Cada cigarrillo contiene una combinación de más de 7.000 sustancias químicas, entre ellas compuestos tóxicos y carcinógenos que afectan no solo a los pulmones, sino también al corazón y otras estructuras vitales del cuerpo. La exposición constante a estos productos, como el monóxido de carbono y la nicotina, daña progresivamente los tejidos, deteriora la función respiratoria y cardiovascular, y aumenta la probabilidad de desarrollar enfermedades crónicas graves.
A pesar de las advertencias, dejar el hábito resulta un desafío considerable para millones de personas. La nicotina, principal componente adictivo, desencadena reacciones en el sistema de recompensa del cerebro que generan dependencia física y psicológica. Sumado a los rituales y hábitos cotidianos asociados al consumo, abandonar el cigarrillo se vuelve una tarea ardua y, en muchos casos, requiere varios intentos antes de lograrlo.
Hacerlo regularmente incrementa el riesgo de padecer enfermedades como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, infartos, accidentes cerebrovasculares y distintos tipos de cáncer, además de reducir significativamente la expectativa y calidad de vida. Por lo tanto, cuando se abandona la costumbre una serie de reacciones se desencadenan en el cuerpo.
Qué sucede en el cuerpo cuando se deja de fumar
Abandonar el hábito empieza a cambiar el cuerpo en cuestión de minutos: bajan la presión arterial y la frecuencia cardíaca, mejora la oxigenación y, con el tiempo, también desciende el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular y varios cánceres, según indica Cleveland Clinic.
Cuando una persona deja de fumar, el organismo inicia una recuperación progresiva que puede comenzar 20 minutos después del último cigarrillo. Expertos indican que primero mejoran parámetros como la presión arterial, el pulso y el oxígeno en sangre, y más adelante se alivian la respiración, la circulación y los riesgos de enfermedad cardiovascular y cáncer.
Fumar libera miles de sustancias químicas en el cuerpo y daña no solo los pulmones, sino también el corazón y otras estructuras. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el tabaquismo provoca más de ocho millones de muertes por año. El dato desglozado indica que más de siete millones corresponden a consumidores directos y el restante a personas que se exponen al humo ajeno.
El neumólogo Humberto Choi, de la Cleveland Clinic, explicó a National Geographic que muchas personas notan mejoras en la frecuencia cardíaca y la respiración poco después de dejar el tabaco. En las semanas siguientes también puede mejorar la función pulmonar, disminuir la tos y aumentar la tolerancia al ejercicio.
Asimismo, añadió que “en general, la gente tiende a sentirse mejor”. Esa mejoría también puede incluir recuperación del olfato y del gusto en las semanas y meses posteriores.
Pasadas las ocho horas, el monóxido de carbono en sangre baja hacia niveles más normales y el oxígeno aumenta, de acuerdo con Healthline y la Cleveland Clinic. Esa sustancia, presente en el humo del cigarrillo, desplaza al oxígeno en la sangre y reduce el aporte a los tejidos. 24 horas después, la nicotina en sangre cae hasta un nivel despreciable. Para ese momento, también baja la probabilidad de sufrir un infarto.
Pasados los primeros dos días, las terminaciones nerviosas empiezan a recuperarse y puede mejorar el gusto y el olfato, indica la American Lung Association. A las 72 horas, los bronquios comienzan a relajarse y se abren más, lo que facilita la respiración y el intercambio de gases.
Entre uno y tres meses, mejora la circulación y hacer ejercicio puede resultar más fácil. Expetos de la Asociación Estadounidense del Pulmón agregan que hacia las dos semanas la función pulmonar puede aumentar hasta 30%.
Entre uno y nueve meses, suele haber menos tos, menos congestión nasal y menos falta de aire, como así también la recuperación de los cilios de los pulmones.












