Este 2026 ha registrado una seguidilla de terremotos que ha encendido las alarmas de la colectividad al creer que se trata de un fenómeno inusual debido al corto plazo en que los potentes sismos han estremecido distintas partes del planeta. La ocurrencia de temblores fuertes en tan poco tiempo levantan sospecha y abren el debate sobre si la actividad sísmica es creciente o no, o si guardan relación para generar un efecto dominó.
La duda se ha incrementado con los últimos terremotos recientes registrados en Venezuela, Japón, Colombia, Indonesia y España, donde los fuertes sismos han causado decenas de muertos y daños materiales graves, así como fuerte deterioro a edificaciones como ocurrió con el sismo de magnitud 5,2 que sacudió la madrugada del 15 de agosto la provincia española de Granada, en Andalucía.
Ese mismo día en la mañana se registró otro potente terremoto de magnitud 7,7 en Indonesia, donde hasta la fecha se han reportado al menos 47 personas fallecidas, colapso de edificios y la interrupción de canales de comunicación y acceso vial. Cuatro días antes, el 10 de agosto, Colombia también fue sacudida por un sismo de 7,4, un desastre natural que golpeó a varias regiones, causó el derrumbe de decenas de edificios y la muerte hasta el momento de casi 300 personas, más de 4.000 heridos y unos 500 desaparecidos.
A estos eventos se suma el doblete sísmico ocurrido en Venezuela el pasado 24 de junio, hasta ahora el más letal del 2026 con al menos 6.301 muertos, según el último balance oficial. El fenómeno natural golpeó a ese país suramericano con un primer terremoto de 7,2 en el estado Yaracuy, al occidente venezolano, y segundos después, otro de 7,5 en La Guaira. Los dos eventos fueron casi en simultáneo, lo que provocó que las personas pensaran que fue un solo sismo que se alargó por hasta dos minutos.
Además, este 2026 se han registrado otros terremotos como el de Filipinas el 7 de junio, con una magnitud de 7,8, el más potente del año; el de Tonga del 24 de marzo de 7,5; el de 7,1 que sacudió a Japón el 28 de julio; el de 7,3 que se sintió en México y otros países de Centroamérica el 17 de julio; así como el de 7,3 que golpeó a Vanuatu el 30 de marzo; el de 7,1 que azotó a Malasia el 22 de febrero, entre otros de severa potencia.
Esta concatenación de eventos separados por miles de kilómetros ha alimentado teorías sobre posibles conexiones tectónicas lejanas y el temor de que un terremoto superior a los 7 puntos de magnitud pueda influenciar otras zonas sísmicas a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, expertos geofísicos y organismos internacionales como el Servicio Geológico de EE.UU. (USGS) sostienen que estos movimientos no guardan relación ni responden en cadena. «No hay ninguna relación causal entre estos sismos, de ninguna forma. No solamente ocurren en lugares muy alejados, sino que también tienen mecanismos completamente distintos», aclaró el geofísico Cristian Farías consultado por Chilevisión.
Los expertos señalan que cada temblor obedece a factores geológicos totalmente independientes y a la dinámica natural de sus respectivas placas tectónicas, lo que se puede verificar en los distintos puntos de profundidad que refleja cada uno de estos eventos naturales. Por ejemplo, mientras el terremoto de Colombia de 7,4 se originó a 110,3 kilómetros de profundidad por un movimiento lateral de placas en la región del Chocó, el sismo en Indonesia de 7,7 ocurrió a solo 10 kilómetros bajo la superficie.
¿Qué dicen los expertos?
La drástica diferencia en profundidades, mecanismos de falla y estructuras geológicas confirma que la cercanía temporal entre ambos fenómenos fue meramente una coincidencia estadística, indican los geólogos. Respecto a si existe alguna relación científica de causa y efecto a distancia, el USGS indica que un «gran terremoto» puede desencadenar sismos en lugares lejanos o en otras fallas en «algunas ocasiones». Esto ocurre mediante un proceso conocido como «transferencia o activación por esfuerzo dinámico», cuando la energía de la onda sísmica que se propaga puede provocar un nuevo terremoto, generalmente en zonas ya vulnerables y propensas a la actividad sísmica frecuente como las regiones volcánicas.











