José Joaquín Puello: “Pedro Livio Cedeño no delató a nadie bajo tortura”

José Joaquín Puello: “Pedro Livio Cedeño no delató a nadie bajo tortura”

“Le pido a Dios salir vivo de esta y que Trujillo vuelva a vivir para matarlo como un perro”, dijo Pedro Livio Cedeño en la segunda ronda de tortura.

                        Cuando el tirano Rafael L. Trujillo fue ajusticiado el 30 de mayo de 1961 de manos de un grupo de dominicanos en la avenida de nombre homónimo, el doctor José Joaquín Puello, fue de los médicos que recibió a uno de los conjurados en la clínica Internacional. El paciente era Pedro Livio Cedeño, que presentaba graves heridas de bala.

                  José Joaquín Puello, con apenas 21 años, cuando se produjo el magnicidio de Trujillo, eminente neurocirujano, no estaba involucrado en la trama conspirativa. Se daría cuenta en ese instante cuando el doctor Marcelino Vélez Santana le refiere que no dijera nada porque al amanecer toda la familia de Trujillo estaría muerta. Pedro Livio Cedeño, uno de los conspiradores, yacía en la emergencia, peleando con la muerte, cuando por asunto del destino estos médicos, Arturo Damirón Ricart, Bienvenido García,   Durán Barrera y el propio Puello deciden prestar las atenciones al conjurado.

                   “Yo debería estar muerto. Johnny Abbes debió mandarnos a fusilar esa noche”.

                     RN: Nos gustaría doctor nos hable de doña Zara Herrera, su madre y de su padre, doctor José Altagracia Puello (Teto).

                      JJP: Esencialmente, eran maestros también. Mamá era maestra, duró 60 años. Papá fue maestro también, aunque luego, ya en la medianía de su vida, él hizo Derecho y se dedicó a la práctica estatal y no estatal del Derecho. Esa es la razón por la cual, desde muchacho, yo tuve que acompañarlos por San Juan de la Maguana, Jimaní, Duvergé, Barahona, Azua, Salcedo, Gaspar Hernández, San Cristóbal y la capital. Porque en la época de Trujillo, los maestros eran trasladados cada seis meses. Trujillo lo hacía para que no echen raíces, y además por una razón fundamental: ese era el nicho cultural en los pueblos.

                        RN : ¿Cómo completaba los ciclos académicos?

                        JJP: Oye, qué interesante. A los hijos de los maestros les permitían hacer dos cursos en un año, porque estudiaban en su casa. Esa es la razón por la cual yo llego a la Escuela de Medicina de Santo Domingo a los 16 años.

                         En aquella época, era frecuente que los estudiantes pudieran hacer dos cursos en un año. Tú dirás: “Bueno, eso no debe ser; hay que esperar que el cerebro madure un poco”, etcétera, pero se usaba, y esa es la razón por la cual yo me gradué tan joven.

                         RN: Sí tan joven, y además con una trayectoria de

estudio fuera del país, en Oxford, y usted quizás fue de los

primeros que incursionó en tener especialidad de medicina en

Reino Unido.

                           JJP: Sí, yo estudié en el Reino Unido. Estudié en Oxford la mayor parte del tiempo, unos seis años. Para los que nos están viendo, eso es un estudio de posgrado. Ahí ya yo fui como médico. Luego pasé casi dos años en Londres, en la Universidad de Londres, que se llama King´s College London, y estuve casi dos años también en la Universidad de Gales.

                            RN: Sería bueno, Yarit C. Ortiz, que él nos pueda resumir su ejercicio en la medicina desde que comenzó a ejercer. Usted tiene un dilatado ejercicio profesional como neurocirujano.

                            JJP: Yo tuve una gran relación con Cuba, sobre todo con la gente del hospital Hermanos Ameijeiras. Yo hice una estadía y operé unos siete aneurismas allá, en el hospital que para la época era uno de los grandes hospitales de América; hay que estar conscientes de eso. Siempre he tenido una gran relación realmente con los médicos cubanos, y obviamente a través del deporte.

                           RN: Tantos años han pasado, ¿y es posible que usted conociera a esa doctora que estaba haciendo experimentos para el mal de Parkinson? No recuerdo el nombre de ella.

                            JJP: Sí, estaba haciendo experimentos con unos embriones. Lo que ha ocurrido con la medicina cubana, en términos muy rápidos es que ha cambiado mucho. Es costosa, y Cuba ha pasado por un “Periodo Especial” desde hace tiempo, pero sigue siendo un referente realmente en la medicina del Caribe.

                            YCO: ¿Cómo vivió usted la noche del ajusticiamiento a Trujillo? ¿A quiénes atendió? ¿Cómo fue eso para usted y cómo le marcó?

                            JJP: Yo nací esa noche. Yo no debería estar vivo

realmente. Tanto a mí como a un compañero, Sergio Bisonó, Johnny

Abbes debió habernos matado esa noche. Porque en la época de la

dictadura, un herido que llegara a un hospital —privado o no— había que informar inmediatamente a la policía antes de ponerle la mano.

                            Cuando Marcelino Vélez Santana y Bienvenido García (casado con una de las hijas del general Modesto Díaz), junto con el doctor Durán Barrera… cuando ellos llegan, a las 10 —exactamente 10:20 de la noche, esa fue más o menos la hora—. Tú sabes que ha habido muchas versiones de a qué hora fue exactamente. Ellos llevan a Pedro Livio Cedeño, ya pasadas las 10 de la noche.

                            Quien recibe a Pedro Livio Cedeño soy yo, en el lobby de la Clínica Internacional, que era una extensión del viejo Hospital Internacional, donde está hoy el Colegio Evangélico, por cierto, muy cerca de donde estamos. ¿Y cuál fue la frase que ellos a mí personalmente me dijeron?

                              Este es Pedro Livio Cedeño. Acabamos de matar a Trujillo.”

                              YCO: ¿Usted qué sintió?

                                JJP: Bueno, es que si tú te sitúas en ese tiempo y a quién habían ajusticiado… lo que significaba Trujillo en contra de la sociedad dominicana, la gente que había matado, todas las barbaridades desde el punto de vista social, pero también desde el punto de vista personal.

                                 Aquella fue una noticia… bueno, yo me quedé, como se dice, frío. Más que frío: me quedé tieso.

                                RN: Acuérdese que las familias dominicanas comenzaron su calvario con la muerte de la familia Perozo, que eran de Santiago, y el tirano los mataron a todos.

                                JJP: Entonces, ¿qué fue lo que dijo Marcelino Vélez Santana?  No avisen a la policía, porque a las seis de la mañana (lo pueden escribir esto) estarán muertos todos los Trujillo. Eso fue lo que Marcelino me dijo a mí. Lo he repetido muchas veces tal y como él me lo dijo. Lo que quiero decir con esto es que había un plan, un plan conspirativo, pero de gran magnitud, de realmente acabar con esa familia. Obviamente no se dio por razones que sabemos. Y nosotros nos quedamos callados.

                              ¿Cómo se entera la policía? La policía se entera porque cuando llamo al doctor Arturo Damirón Ricart para la cirugía, yo le ayudo; la anestesia la coloca Sergio Bisonó, un compañero mío que está retirado en Estados Unidos. En aquella época usábamos éter. De camino para el quirófano, Pedro Livio tenía una herida de ametralladora en el antebrazo izquierdo (esa se la curé yo) y una herida en el pecho, a nivel del sexto espacio intercostal izquierdo. Él me narra en ese momento cómo fue que la recibió, porque una herida ahí es en el corazón.

                                 Él parece iba agachado cuando recibió el impacto de calibre 38, lo que quiere decir obviamente que fueron sus mismos compañeros. Porque Zacarías, el chofer de Trujillo, estaba disparando con una metralleta, y si fue alcanzado por un tiro de metralleta…

                                Entonces, me dice que llame a Olguita, su esposa. Olga Despradel, embarazada de ocho meses. Y ella me pregunta que dónde está él. Y yo le digo. Entonces, ella llega a la clínica, llega con el hermano de Pedro Livio y un chofer (añado: el chofer no sabía nada, ni el hermano tampoco; ella sí sabía), y lo enviamos a buscar unas medicinas, antibióticos y unos analgésicos para cuando saliera del quirófano.

                               ¿Qué hace él que era farmacéutico? Él va a la farmacia, recoge los medicamentos, pero llega la policía y trae (a la clínica) a dos tenientes jóvenes, dos tenientes segundos. Ellos tampoco sabían nada. Estamos hablando ya cerca de la medianoche. Todavía no se sabía que Trujillo había sido ajusticiado. De eso que dicen que el coronel Espaillat sabía, que lo habían informado… realmente hay mucha especulación.

                                Lo que nosotros vivimos —y este es un ejemplo vivo, de primera mano— cuando llevamos a Pedro Livio al quirófano, todavía ellos (los conjurados) no sabían que Trujillo estaba muerto.

                               El doctor Marcelino Vélez nos había dicho: “Si llega la policía, ustedes lo que van a decir —que fue lo que dijimos—, que ese herido lo dejaron en la escalera, en el lobby de la clínica, y que ustedes lo encontraron ahí.” Y eso fue lo que nosotros dijimos.

                               Pasados los años, obviamente eso jugó un papel importante, por lo que voy a decir ahora: don Antonio Imbert me dijo en varias ocasiones que el hecho de que nosotros no avisáramos a la policía les dio a ellos tiempo para esconderse, porque obviamente la conspiración falló esa noche.

                            RN: Una pregunta: ¿Pedro Livio Cedeño estaba

consciente? ¿Habló con ustedes? ¿Qué les dijo?

                            JJP: Totalmente consciente. Bueno, a mí personalmente me narró el encuentro, cómo lo hicieron, y me dijo algo interesante que lo he repetido varias veces. El tiroteo duró cinco minutos. Palabras textuales de Pedro Livio. Eso de que hubo un tiroteo largo, no. Con los años, yo entonces confronté lo que él me había dicho con don Antonio Imbert, quien me distinguió con su amistad. Él me narró también la parte en la que participó, que fue interesante, porque ahí es donde me narra —por lo menos a mí en lo personal— que él le disparó a Trujillo.

                            Cuando Antonio de la Maza le dice —se decían tocayo—: “tocayo, ahí va el hombre.” Recuérdese que en esa zona no había luz. Era ya tarde en la noche, probablemente no había luna, o la luna se había ocultado. Y el carro de Trujillo había quedado con los faros enfocando hacia el mar, hacia el sur, lo que quiere decir que de ahí para atrás era una oscuridad. Y cuando Trujillo se desmonta, herido de muerte, no se salvaba, porque el principal disparo entró por la axila izquierda, y el corazón está ahí.

                                 Trujillo iba a morir de todas maneras. Pero don Antonio Imbert le disparó, y ese disparo le dio en el corazón a Trujillo. Y luego entonces le dio el tiro de gracia Antonio de la Maza.

                                 Don Antonio Imbert me contó a mí, en la intimidad, que la frase que dijo De la Maza es cierta: “Este guaraguao no caza más pollo.” Esa es la historia como yo la viví.