Cuando escuchamos la palabra Parkinson de manera general pensamos en una enfermedad con una imagen dominante: una mano que tiembla. Esa imagen hoy ya resulta limitada y la mirada médica está dirigida hacia un espacio conceptual más amplio y menos visible.
En este constructo más amplio, la idea es que la enfermedad puede empezar años antes de la exteriorización motora, con indicadores, signos y síntomas aparentemente desconectados entre sí, como la pérdida del olfato, constipación, trastornos del sueño, cambios del ánimo, hipotensión, y demás indicadores neurovegetativos. En general, estos fueron subestimados o evaluados de manera aislada. Este cambio de paradigma puede ser una de las claves más importantes del presente del Parkinson.
Quizás por esta visión más amplia es que en el Día Mundial del Parkinson 2026, la Asociación Europea de Parkinson proponga como lema del año “Generar puentes en la brecha de cuidados”.
La consigna que puede parecer difusa apunta a salir de un modelo tradicional, donde ya no alcanza con diagnosticar y medicar, es decir, detectar la rigidez y el temblor y adjudicarle un fármaco, sino que hay que pensar en otros aspectos más como el seguimiento, el apoyo familiar, la rehabilitación, los síntomas no motores, como son los cognitivos y emocionales y, de manera general, la calidad de vida.
Es decir, el problema no es sólo neurológico en un sentido tradicional, sino de salud general, y también sanitario, social y organizacional. Esta mirada es incorporar no solo que el Parkinson no comienza necesariamente cuando aparece el temblor, sino que implica recordar algo que a menudo queda relegado: nunca fue sólo una patología del movimiento.
En una nota previa (“Parkinson: cuáles son sus manifestaciones en la salud mental y cómo impactan en el bienestar de los cuidadores”) vimos cómo la depresión, la ansiedad, la apatía, el deterioro cognitivo y la carga sobre quienes acompañan al paciente forman parte del cuadro central. No es -o no debe ser tratado- como un apéndice secundario. Esta mirada hace a la conceptualización más amplia del diagnóstico y tratamiento.
Ahí está la búsqueda de biomarcadores que permitan detectar la enfermedad antes y mejor. Uno de los avances más relevantes es las pruebas que detectan y amplifican rastros patológicos de alfa-sinucleína (seed amplification assays), una proteína clave en el Parkinson.
Una revisión publicada este año en Nature Reviews Neurology subraya el avance de este y otros biomarcadores con potencial para mejorar la precisión diagnóstica y permitir diagnósticos más tempranos. Este cambio, que también estamos viendo en varias áreas de la neuropsiquiatría, es la búsqueda de pasar de una definición puramente clínica, basada principal o únicamente en signos motores ya instalados, a una definición cada vez más biológica con biomarcadores.
Otra línea, aún a modo experimental, es el trabajo que se publicó en la revista Nature Aging, referente a un análisis de sangre basado en fragmentos de ARN de transferencia en casos presintomáticos. El estudio propone una vía simple y poco invasiva que, si logra validarse en cohortes más amplias, podría ayudar a identificar Parkinson antes de que los síntomas motores sean evidentes. Es claro que estos trabajos hay que tomarlos de manera prudente: aún no hay un “test de sangre” establecido en el Parkinson, pero sí una señal hacia dónde está el camino y hacia dónde se mueve la investigación.
Al mismo tiempo de esa búsqueda de marcadores biológicos, está la ampliación de la mirada más allá de lo biológico. El Parkinson no sólo deteriora funciones, también altera la relación de la persona con su propio cuerpo, con su voluntad y con la continuidad de su identidad.











