Beatriz Bencomo · Verdades Diminutas
Soy cubana migrante, expatriada. El corazón roto que eutanasio es el mío. Para recomenzar con Cuba desde un lugar más útil. Esta no es una trinchera. Mi mirada está en las vías, en las posibilidades. Para una cubana escribir sobre Cuba en este contexto es delicado en extremo porque mi isla ha estado en el centro de muchas sensibilidades y por eso cualquier palabra pesa el doble. Sin desmerecer lo emocionales que estamos todos, porque Cuba duele y tiene que doler, lo que hace falta es sumarle pensamiento al dolor.
Lo que el mundo ve estos días en Cuba no es un accidente ni una sorpresa. Es una pincelada del grotesco caso caribeño, la cereza del pastel de un concierto global de barrabasadas históricas en el clímax de la decadencia y la implosión crítica.
Hace unos días, en Barcelona, Noelia Castillo recibió la eutanasia a los 25 años. Ella sí eligió: la defendió en cinco instancias judiciales, se puso su vestido más bonito y se fue sola. Noelia me evocó a mi país. Un país que para vivir ha muerto muchas veces y debe volver a morir. Pero Cuba no eligió nada. En Cuba no hay eutanasia legal. Hay algo peor: una muerte sin consentimiento en dosis crecientes.
Y el pensamiento empieza por nombrar esa muerte. No como inventario sino como diagnóstico que hay que trascender. Las industrias cubanas están deshechas y las que funcionaban, en desplome. El país sobregirado, no puede proveer alimento básico a su gente ni mantener la luz encendida. No es un estado funcional. Pero pónganle el nombre que quieran. La OMS lo certifica: miles de cirugías pospuestas, treinta mil niños sin vacunar, hospitales que no sostienen urgencias. Y 32.000 embarazadas que sabe Dios cómo van a parir.
Nadie va a rescatar esa economía desde afuera. Ni China ni Rusia van a ser la nueva Unión Soviética. China manda paneles solares. Rusia manda palabras. Pero ninguno carga con la cuenta de una economía entera. Para quienes vivimos en Ecuador o en República Dominicana esto resuena cerca: vimos el mismo libreto replicarse con Venezuela. La misma promesa, el mismo desmantelamiento progresivo. Y vimos como las dos tragedias convergen.
El propio gobierno cubano empieza a soltar lo impensable: cambiar el modelo, abrir la puerta a inversión de cubanos del exterior, buscar relaciones con empresas estadounidenses. Pero no genera confianza. Porque nadie ve reglas claras ni garantías. Eso pesa como debilidad, no como transformación. El problema no es quién gobierna sino el sistema que lo produce. Cualquier cambio de figura sin cambio de modelo es maquillaje institucional.
Mientras tanto, los que viven adentro agonizan de maneras distintas. Mauren, embarazada, confía desde una cama de hospital en La Habana: “El país siempre ha salido adelante.” La psicología llama indefensión aprendida a esa fe: cuando el dolor es constante, se deja de buscar la salida incluso cuando la puerta se abre. Indira, con siete meses, mira a la cámara: “Mi hijo nacerá en un país sin perspectiva.” Con certidumbre seca lo dice. Alpízar, 78 años, le dio todo a la revolución y hoy dice: “Ni siquiera me han dejado la esperanza de volver a soñar.” No es un disidente. Es un creyente al que le aplican la eutanasia de su fe.
Solo que nombrarlos sin pensamiento crítico nos condena a la catarsis perpetua. Y la catarsis no construye nada. Joaquín Hernández Alvarado escribió en Expreso sobre el fin de la utopía cubana y su columna sí construye sobre una mirada que hay que trascender. La alianza entre inteligencia y poder fue el arma más eficaz de la revolución, evidenció. Más que los tanques. Porque la revolución no prometió solo pan y techo, prometió sentido. Ese relato que movió generaciones ha chocado durante décadas con lo que se vive y lo que se ve. Está en crisis de signos vitales. El apagón de hoy es la consecuencia material de un apagón narrativo que empezó décadas antes. El muro de carga del sistema cubano se cayó, y cuando se cae el muro de carga, no se cae una pared: se cae la casa entera. Por eso, Cuba, me parte el corazón.
Y precisamente por eso insisto: necesitamos menos inventario del colapso, ningún safari humanitario y más Joaquines, más emprendedores que se la jueguen para pensar a Cuba desde los cimientos, no desde la nostalgia ni desde el odio. ¿Se puede resistir sin transformarse? Yo digo que no es viable. Pero para pensarlo y construir hay que regular la indignación.
A esta Cuba agonizante prefiero verla morir en paz. No necesita más elegías. Necesita ingenieros del después. Cubanos de aquí y allá, como ave fénix, para construirla otra vez. Y los “Kings”, que entiendan que el después no les pertenece. Ya veremos.











