Crónica de una conspiración fallida contra el pacificador de la patria
Desde que se proclamó la primera República el 27 de febrero de 1844 hasta muy entrado el siglo XX, las conspiraciones fueron recurrentes en la historia dominicana. Si no se conspiraba contra las tropas de ocupación, los dominicanos se organizaban alrededor de un liderazgo nacional o regional para hacerle la vida imposible al régimen o presidente de turno, con o sin justificación, pero casi siempre con razón.
Se recuerda que el 27 de febrero de 1893 juró por cuarta vez como presidente de la República Ulises Heureaux Level (Lilís), hijo de un haitiano y una martiniquesa, pero dominicano por elección.
Ese cuarto mandato del caudillo, estuvo marcado por distintos problemas: el que se generó con Francia, a partir del conflicto con el Banco Nacional y con la huida del ministro de Relaciones Exteriores, Ignacio María González, que escapó a Puerto Rico en un barco español, desde donde envió una carta que pasó a la historia, porque González se opuso de manera vigorosa a la negociación entablada por Heureaux por medio de un comisionado que envió a Washington con el propósito de anexionar la República a la Unión Norteamericana.
Otros escollos debieron enfrentar en esa administración, pues la crisis financiera asfixiaba las arcas públicas. El denominado «Pacificador de la Patria«, como lo declaró el Congreso Nacional, gobernó y se comportó como tirano, por lo que tuvo una recia oposición interna, pero sobre todo desde el exterior, encabezada por conspicuos líderes dominicanos.
Tal como narra el amigo y diplomático Pastor Vásquez en su más reciente obra «Misiones dominicanas en Cuba (1844-1906)»: «El año 1893 marcaría el inicio del cuarto período del general Ulises Heureaux en la Presidencia de la República», tal como preveía la Constitución de 1887«.
Ese mismo año, el caudillo mulato tuvo que enfrentar una fuerte conspiración desde Haití, encabezada por el propio Ignacio María González, quien con la misiva de renuncia le dejó un torpedo, pero prefirió no esperar respuesta en suelo criollo porque los juegos de Heureaux eran pesados. También participaban en la conspiración—según escribe Pastor Vásquez— Casimiro Nemesio de Moya, Eugenio Deschamps, Juan Vicente Flores, Pablo Reyes y Armando Rodríguez.
A ese hormiguero conspirativo que germinaba en Puerto Príncipe se uniría luego el general de más prestigio, expresidente, Gregorio Luperón, archienemigo de Heureaux desde que a este último le picó el gusanillo del poder. En esas tratativas se involucró en Haití el también relevante general Horacio Vásquez, que como cuenta la obra de Pastor Vásquez, «llegaría de Saint-Thomas para ponerse al frente de una expedición«.
Como pueden ver, todos eran hombres bragados, pero algo falló.
Hace constar Vásquez que «Haití era gobernado por Florvil Hyppolite, que en ese momento estaba distanciado de Heureaux«, aparentemente.
«El 11 de marzo, los revolucionarios tomaron Dajabón, de donde lanzaron una proclama llamando a la rebelión. La incursión militar terminaría en un rotundo fracaso, pues ya el sagaz presidente Heureaux estaba bien informado de la presencia de los complotados en Haití y desplegó todas sus fuerzas militares en el noroeste para aplastar la rebelión», narra la obra, página 123.
Los revolucionarios destacados en Haití, curiosamente, no recibieron más apoyo de la administración haitiana de Hyppolite. El 18 de abril de ese año, un mes después de la invasión, ambos líderes se reunieron en Manzanillo para firmar un acuerdo, que al parecer tenían secretamente desde antes.
Aquella conspiración se conoce en la historia como la Revolución de los Bimbines por el infantil fracaso que tuvo, no tanto por la derrota sino debido a la estirpe de los hombres derrotados, todos de alto perfil.












