Sobre el antiimperialismo hoy

Todo imperialismo constituye una condición material en la que un Estado organiza su estructura de producción y reproducción de la vida a partir del saqueo a otros. Su agencia se establece de forma sistemática, progresiva y simultánea por medio de la violencia física, simbólica y sistémica. Todo imperialismo define un orden de correlación y co-dependencia entre: a) la institucionalidad que sostiene la realidad nacional; b) la arquitectura de valores establecida y asumida por su población; c) las vías de ejercer su poder a través de la apropiación de la riqueza ajena; d) y las formas de interpretación y asimilación o rechazo de las normas internacionales conforme a sus intereses.

Su densidad política y económica es tal que devienen agujeros negros en el tejido de la historia. Necesitan tragarse toda la masa de su periferia para sostener la forma en la que se dispone su normalidad estructural. Esa representa la condición básica de su existencia. Para realizarse en toda su magnitud, los imperialismos deforman, como sistemas solares que pierden su propio equilibrio hasta ser completamente absorbidos, la institucionalidad de los países que detentan algún tipo de riqueza o de condición favorable. Esta circunstancia, que despliega y agota todas las formas posibles de violencia, produce una subjetividad conforme a la naturalización de ese estado de cosas.

La negación profunda a esta realidad no puede quedarse en los límites del discurso en torno a la soberanía o la independencia con las claves y perspectivas del siglo XIX. Implica necesariamente el rechazo radical tanto de sus causas y expresiones factuales, como de sus efectos y consecuencias últimas. Si la estrategia antiimperialista se queda en el umbral de la defensa territorial, sin cuestionar o impulsar políticas que superen los efectos más nocivos antes señalados en primer lugar, no hace otra cosa que reproducir de forma indirecta lo que presumiblemente niega.

Pues la esencia última de sus impactos no radica en la apropiación territorial, en una soberanía que se limita a la defensa abstracta de lo geopolítico o de los enclaves económicos, sino en el efecto abrasador que ese medio provoca en lo humano. Defender la condición territorial como punto más elevado, a expensas o a contrapelo del sacrificio de lo humano, produce un desgaste antropológico que termina, cuando menos, en: 1) el desinterés y rechazo por parte de la población hacia la protección territorial y la cuestión nacional; 2) una crisis de comunidad, manifiesta en la degradación progresiva de la estructura de valores que hasta entonces cohesionaba a la sociedad.

En un universo cada vez más interrelacionado, el antiimperialismo no puede producir un esquema cerrado de selectividad condicionado a eliminar todo vínculo con el horizonte imperial. Ello implica la asfixia social y el retorno a las circunstancias propias que produce el sometimiento imperial, esta vez bajo la bandera del antiimperialismo. En tal lógica, este tipo de antiimperialismo deviene chato, inoperante, parte reproductiva del problema imperial y no de su solución.

Pues, centrado en el control más que en la realización plena de su ciudadanía, utiliza el mismo blindaje con que resiste internacionalmente al imperio para normar, regular y ejecutar los procesos políticos y administrativos hacia el interior de la nación. Entonces, las tácticas de los imperialismos tienden a ser efectivas. El mismo rechazo hacia la narrativa antiimperialista, que implica la deslegitimación de las élites políticas nacionales que privatizan lo político estatal en nombre de ese antiimperialismo, aparece como una rampa para promover al imperialismo.

La ciudadanía lo sitúa en segundo plano y termina por reducir su peligro potencial. Este modelo de promoción-asimilación representa, en la actualidad, la estructura más compleja y peligrosa. Llegado el momento, la fuerza gravitacional del imperialismo convierte la tensión institucional que se le opone como alternativa aparentemente radical en un bucle de su propio horizonte de sucesos. No hay retorno para la posibilidad del ser en dignidad.

La alternativa, en términos de política, está obligada a ser audaz, de posiciones y enclaves múltiples, de movimientos que generen, en una misma consecución, libertades y garantías, condiciones dignas y vínculos no reproductivos que permitan beneficios para la ciudadanía y, en la medida de lo posible, la apertura, el contacto que posibilite vivir sin ser absorbidos o arrasados por la fuerza de los imperios en competencia.

La supervivencia del antiimperialismo, como forma política de estar en el mundo, implica necesariamente establecer puntos de contacto, aperturas, interrelaciones necesarias, sin que ello cuestione el bienestar general, la paz pública y el orden institucional. Aunque extremadamente complejo, nada en política resulta ser sencillo, es posible trascender desde lo nacional a una realidad postimperialista.

Cerrarse al vínculo ante los despliegues imperialistas es como no utilizar la luz del sol por la existencia de tormentas solares o por la progresión de múltiples agujeros negros. Hay que utilizar sus potencialidades para el beneficio del ciudadano común. Esto siempre será posible desde ingenierías políticas que logren conectar las estrategias imperiales con el aumento o disminución de las garantías del ciudadano, con el robustecimiento o reducción de lo público.

La realidad postimperialista centrará la existencia de los imperialismos como punto de partida y condición para hacer una política cada vez más eficiente, con transparencia y efectividad. No constituye negar la presencia de este o aquel imperialismo, ni cerrarse, clausurar los itinerarios de negociación e intercambio. Implica la no utilización de su existencia como causa suprema de todos los malestares que acaecen en territorio nacional o regional, incluso cuando su despliegue natural sea causa fundamental de ellos.

Hacer política significa asumir la responsabilidad con la solución de los problemas, no reproducirlos de ninguna forma. La misma realidad social e institucional dirá si este o aquel ejercicio político será, en sus manejos y expresiones, parte o no de las soluciones o de los problemas.