Por: Beatriz Bencomo
La he escuchado en mi oficina, en directorios, en conversaciones de amigos. Siempre en boca de alguien de una empresa grande. De esas que están en el territorio de verdad, con miles de empleados, con comunidades que dependen de ellas, con décadas de presencia en lugares que el mapa apenas nombra. Alguien a quien, cuando le hablan de cultura, de patrimonio, de una alianza que tiene su nombre escrito, responde siempre lo mismo.
“Claro que patrocinamos la cultura y el arte. Pero nuestros esfuerzos tienen ejes, tienen stakeholders, prioridades que son urgencias. Lo cultural lo maneja más la banca, ese no es nuestro registro”.
No hay desdén en esa frase. Hay precisión. La de quien ha construido una estrategia y sabe exactamente dónde encaja cada pieza. En ese esquema tan bien concebido, la cultura ocupa un lugar instrumental, no constitutivo. Y lo que no es constitutivo no aparece en el plano.
No obstante, abundan los ejemplos que demuestran lo contrario. Nestlé, Diageo, Coca-Cola: decenas de empresas lo entendieron. Hoy me detengo en una que ha sentado precedente continental.
Femsa no construyó un museo sobre su cerveza. Creó una bienal sobre México. La empresa aporta la estructura y la visibilidad global; el país aporta la historia. Y esa historia, la de México, no la de Femsa, es la que permanece. Eso no es mecenazgo. Es reconocimiento: hacerse cargo de algo más grande porque corresponde.
Y sin embargo, en ese terreno laxo, el arte, la cultura y el innovador que apuesta por la educación llevan casi siempre la peor parte. Con honrosas excepciones, desde luego. Y es porque la agenda cultural sigue viviendo como conflicto: entre lo simbólico y lo pragmático, entre lo accesorio y lo urgente. Como si fueran capas separadas, cuando en realidad son capas que viven la una para la otra.
América Latina lleva décadas debatiendo ese conflicto sin resolverlo del todo. Brasil tiene la Ley Rouanet desde 1991. Chile consolidó su modelo de donaciones culturales empresariales como técnica de comunicación territorial. Colombia y México avanzan con incentivos parciales. La región sabe que el instrumento legal puede bajar el costo de la apuesta cultural. Lo que no ha logrado, en la mayoría de los casos, es fabricar al apostador.
Hay excepciones que merecen nombrarse. Ecuador construyó en cuatro años una arquitectura de mecenazgo poco común en la región. En 2021, 21 empresas asumieron compromisos ESR formales en cultura. En 2024, fueron 68. El sector privado pasó de invertir 8 millones de dólares en cultura en tres años a 14 millones en uno solo. Y desde 2021, cualquier empresa puede deducir el 150% de su inversión cultural en el impuesto a la renta: por cada dólar aportado, el Estado devuelve un dólar cincuenta.
El instrumento existe. La voluntad crece. Pero aún hay un hueco. El ranking Merco es el espejo que le muestra al sector empresarial su propio rostro: las empresas más reputadas del país, con décadas de arraigo en comunidades que llevan su historia escrita en la piel, todavía no aparecen en ese registro de inversionistas de avanzada.
Con uno de los mecanismos más generosos del continente, el incentivo tributario ecuatoriano desarma la excusa del costo. Lo que falta no es el marco: es que las empresas con mayor arraigo territorial todavía no lo habitan. Quienes lideran esa inversión siguen siendo las telecomunicaciones y la banca — los que necesitan construir simbólicamente una presencia que no tienen físicamente. Las que sí la tienen, esperan.
Hay quienes ya lo están viendo. Un emprendedor social de brillante trayectoria me lo dijo con una claridad que no olvido:
“Los financistas que comprenden esto son grandes visionarios: saben que hay que apostar largo. No buscamos devolver marcas, sino impactar a largo plazo. Porque el impacto no es magia. Es arquitectura.”
Apostar largo es entender lo que la cultura produce que ningún balance refleja todavía: imaginarios. La cultura y el arte no decoran una comunidad, la definen. Construyen la capacidad de pensar en imágenes propias, de narrar desde adentro, de pertenecer a algo más grande que el ciclo productivo.
En un mundo donde lo repetible se automatiza, lo que no se puede reemplazar es el criterio, la imaginación, el pensamiento crítico. El santo grial de los nuevos tiempos no viene de los datos, viene de quienes saben qué hacer con ellos. Y eso se aprende en el arte, en las comunidades profesionales que cultivan la memoria y la identidad viva de una sociedad.
Si queremos ser país creador, apostemos largo en esa dirección. Sine qua non: una condición sin la cual algo no puede existir. Así es la cultura para el territorio que la habita. No un adorno. Una condición.
¿Cuántas empresas siguen esperando que lo simbólico demuestre que es urgente?











